
GABINETE MÁGICO
Esperando a los Vándalos
por
Alexis Rodríguez
A partir de
Esperando a los Bárbaros
de
Consantin Kavafis
Esperando a los Vándalos
Por Alexis Rodríguez
Música: Cristales de Mercurio, de James Díaz.
¿Qué esperamos agrupados en el foro?
Hoy llegan los bárbaros.
¿Por qué inactivo está el Senado
e inmóviles los senadores no legislan?
Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué leyes votarán los senadores?
Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.
¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,
y en la puerta mayor espera ahora sentado
en su alto trono, coronado y solemne?
Porque hoy llegan los bárbaros.
Constantin Kavafis
La realidad tiene la extraña virtud y hasta el sentimiento de belleza de imitar a la poesía. Hace ya más de un siglo que el poeta griego Constantin Cavafis escribió su enigmático poema: Esperando a los bárbaros. Se preguntaba el poeta en esa ocasión por qué tanta expectativa, por qué los jueces no estaban en el foro haciendo sus leyes. ¿Para qué legislar si al llegar las hordas los más irracionales impondrían sus leyes de barbarie? ¿Por qué nuestro gobernante no se levanta o simplemente atiende sus funciones? ¿Para qué, si con la llegada de los bárbaros, lo único importante es atender a los nuevos dignatarios con sus extravagantes costumbres?
El viernes pasado, los ciudadanos de nuestros país, literalmente, se apostaron con palos de escoba, improvisados como mazos, a esperar a los vándalos. Muy pocos los vieron venir, los registros de sus hazañas en esa noche de “toque de queda”, que remitía a épocas de nuestra literatura -ya terminadas- eran exiguos y en mayor medida falaces.
Las noticias, como en cualquier otra edad media, eran alarmantes. Se sabía de ataques no confirmados, de intentos de toma, de ataques súbitos que llegaban desde la oscuridad. Pero casi siempre las noticias provenían de los más displicentes, y de todos aquellos que se habían acostumbrado a mentir o mezclar escasas verdades con su imaginario febril.
Se confirmaban intentos y defensas heroicas por parte de humildes ciudadanos convertidos intempestivamente en defensores del orden, madres con sus hijos en brazos evocaban esos rostros que acostumbraba incorporar Eisenstein para dar peso dramático a los acontecimientos históricos; abuelas de ojos cansados miraban con angustia los extremos de los callejones; rudos oficinistas, deseosos de acometer alguna que otra hazaña heroica, esperaban con ansiedad que llegaran los bárbaros para demostrarle al mundo entero su resentimiento.
¿Y quiénes eran los bárbaros, esos otros, que para muchos eran una mezcla de extranjero, de desplazado, de desarrapado, de vecino sin madre, sin casa, morador de las orillas del mundo, extraña mezcla de hombres sin nada que perder, convertido de repente en enemigo públicos y en tema central de nuestras conversaciones?
La vándalos -se rumoraba- atacan ya en pequeños grupos, ya con alevosía en manifestaciones masivas; en otros casos, un solo individuo recorre los pasadizos entre los edificios; los conjuntos cerrados no son para estos merodeadores suficiente defensa, nada parece un obstáculo frente a estos hombres acostumbrados a saltar e impetrar con violencia en otra clase de escenarios.
Y sin embargo, los vándalos supieron desaparecer o camuflarse o desairar a los impacientes ciudadanos, de modo que al final de la noche y al amanecer habían tornado a ser una leyenda o parte de una pesadilla.
-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto
y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.
Constantin Kavafis.
Otro de nuestros grandes artistas, el novelista John Maxwell Coetzee escribió en 1980 uno de los libros más reflexivos de nuestro tiempo: Waiting for the Barbarians, Esperando a los bárbaros. En este relato de Coetzee los bárbaros cuando llegan no son distintos de nosotros; es más, la historia de Coetzee nos descubre que sus pieles, sus dolores, su agonía y su necesidad de ternura o su capacidad para brindar amor es similar a la de cualquier hombre.
No obstante, de bárbaro a vándalo la lengua española se reserva un pequeño matiz: en el primer caso nombramos al otro, que habla otra lengua, que viene de otra tierra, que amenaza nuestra fronteras; nuestros vándalos, por el contrario, proceden como hordas primitivas salidas de madre. Aun cuando hablan nuestra lengua y han habitado en las mismas plazas que nosotros -muchos han asistidos como nosotros a las mismas aulas-, a estos hombres los asiste una pulsión de goce destructivo. Nuestros ciudadanos se expresan con bailes, pinturas, carteles y cantos y dan a estos símbolos un peso elocuente; en contraste en el vándalo, el símbolo ha sido coartado por la cruda y dura materialidad, de modo que su lenguaje se limita a quemar, romper, rasgar y destruir.
Solo ahora lo vamos entendiendo y reconociendo con claridad: están en pugna con el orden que hemos creado y reclaman con violencia sus espacio y sus derechos a vivir y a habitar en nuestras ciudades. En la ciudad reina ahora una soledad extraña. Se ha impuesto una sombra, un fantasma atrabiliario, que ha logrado cambiar nuestras rutinas y amenaza con sacarnos de nuestra desidia. Hoy, otra vez, las tiendas se han cerrado temprano y cae la lluvia como siempre al final de la tarde. Nuestros vecinos reemplazan con afán el cristal por la madera -antes de que lleguen los vándalos.
Ítaca
Ítaca, todos somos Ulises
Por Alexis Rodríguez
Cuando salgas de viaje hacia Itaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
Σα βγεις στον πηγαιμό για την Ιθάκη,
να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος,
γεμάτος περιπέτειες, γεμάτος γνώσεις.
Estos son los primeros versos de Ítaca, poema de Constantin Cavafis, escrito hacia 1911, y que aparece en uno de sus 150 poemas canónicos, publicados solo 18 años después de su muerte, en 1951.
Con estos versos, que citamos en la traducción de Miguel Castillo, el poeta griego alejandrino nos pone en el centro de la experiencia estética, pues con el uso de la segunda persona, “cuando tú salgas”, (Σα βγεις… en el original), nos convierte a nosotros, a cada uno de los lectores del poema, en el protagonista de la historia: en Ulises.
Del Ulises de la Odisea homérica, al Ulises evocado por Cavafis a comienzos del siglo XX, cuando ya los héroes de la epopeya habían casi desaparecido de la memoria de los griegos, pasamos al Ulises, que en cierta manera es cada uno de nosotros, autores de nuestro propio camino y autores de nuestra propia existencia. Poietés (hacedores, como dice Borges) poetas de nosotros mismos, en el más amplio y generoso de los sentidos.
De entrada el poeta lanza una tesis que sorprende, “desea que el viaje sea largo” (να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος), porque de inmediato percibimos que el Ulises del que hablamos no es el personaje de Homero, aquel que anhelaba regresar después de tantos años de exilio a su hogar, Itaca, sino un Ulises no referido en la historia de la Odisea, el Ulises que sale de viaje, aún joven. Es al joven, que emprende el camino al que le habla el poeta, y al que le recomienda que el viaje sea largo y que esté lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
(γεμάτος περιπέτειες, γεμάτος γνώσεις)
Hay en estos versos un intenso vitalismo, un ansia por recorrer el mundo y que nos recuerdan que la aventuras y el conocimiento van de la mano. El sentido de los relatos, de las aventuras es justamente poner al hombre frente a su destino.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento,
si una selecta emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
El viaje se entiende así en un doble sentido: como una inmersión en el mundo, en donde habitan dioses terribles y monstruos implacables -como los cíclopes capaces de alimentarse de carne humana; como los lestrigones bárbaros, gigantes y antropófagos-, y que podemos percibir como los abismos exteriores, las adversidades, un mundo hostil en donde es siempre fácil perderse.
Mas el viaje que propone el poeta atiende también a planos muchos más interiores (το πνεύμα και το σώμα: tu espíritu, tu cuerpo) que solo podrían o deberían ser tocados por “pensamientos elevados y por emociones selectas” (σκέψις σου υψηλή //εκλεκτή συγκίνησις). O como tradujo Rubén Fonseca: “Grandes emociones, vastos pensamientos”.
Este segundo plano hace de cada poema una especie de invitación al viaje, una experiencia de aprendizaje, de conocimiento, de exaltación, en donde importan menos los avatares y las peripecias que lo que sucede en el alma del lector. Recomienda el poeta, siguiendo el poema:
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Pues la tarea del hombre es viajar y aprender y conocer el mundo, Y embellecer la existencia con la riqueza que nos ofrece cada pueblo. La tarea es partir y poder escuchar la voz de los otros hombres y apreciar la “mañana”, la “promesa de cada puerto”. Las mercancías preciosas: και τες καλές πραγμάτειες ν' αποκτήσεις, podrían hacernos pensar en los fines materiales; mas el poeta insiste en aclarar que las riquezas son las que entran por los ojos, por el olfato, por el tacto, un mundo pleno de experiencias sensuales;
σεντέφια και κοράλλια, κεχριμπάρια κ' έβενους,
και ηδονικά μυρωδικά κάθε λογής
y además por el oído, a través de los cuales podemos escuchar la voz de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Itaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Itaca.
Itaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Itaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Itacas qué es lo que significan.